La historia de las barricas de roble

Las barricas de roble son unas de las grandes protagonistas en el mundo del vino, porque en ellas es donde se produce la maceración y donde los taninos le dan el sabor que necesita tener para sorprender todos tus sentidos. En ellas es donde se cría una parte de los vinos de la D. O. Manchuela, que luego puedes disfrutar en tu propia mesa.

Ya te hemos hablado de la historia del vino en el mundo y en la comarca de La Manchuela, así como del origen del comercio en el vino. Hoy vamos a profundizar para que conozcas el lugar donde se produce la magia: la barrica.

 

El antepasado de las barricas de roble: las ánforas de arcilla

Antes de hablar de las barricas de roble, hechas con madera francesa o americana, debemos hacerlo de sus antepasados directos: las ánforas de arcilla.

Estos recipientes se utilizaban nada más y nada menos que para transportar el vino con facilidad y comodidad a lo largo del Mediterráneo. En una época donde las civilizaciones griega y romana disfrutaban de organizar grandes banquetes con vino, era necesario buscar un lugar donde pudieran llevarse desde los poblados hasta las grandes ciudades.

De hecho, las ánforas ya habían sido de utilidad a civilizaciones pasadas como la egipcia o la de Mesopotamia. La gran diferencia era que ahora su uso estaba institucionalizado y solía reservarse a las minorías con dinero, que alimentaban un negocio muy lucrativo pagando a los aldeanos para cuidar de sus vides.

 

El comienzo de las barricas de roble: la Galia

Sin embargo, los problemas llegaron cuando el Imperio Romano quiso expandirse y llevar el vino hasta regiones tan lejanas como Hispania. Fue en la Galia, una de las regiones conquistadas, donde descubrieron que los galos ya utilizaban barricas de madera de roble para almacenar la cerveza. Éstos aprendieron a elaborarlas humidificando y calentando las tablas para darles la forma deseada, siguiendo el mismo proceso con el que fabricaban sus barcos.

Los romanos no dudaron en perderse por los vastos campos de roble del occidente europeo para cortar madera y crear barricas impermeables, con las que empezaron a almacenar el vino en edificios especiales dedicados a ello por todo el continente.

Otras civilizaciones que llegaron tras ellos a lo largo de los siglos,  como los visigodos, se percataron de que el vino tras pasar tiempo almacenado en las barricas sabía mejor y estaba más suave. Además, percibían aromas nuevos como canela, especias o vainilla, por lo que descubrieron que el vino mejoraba con el contacto de la madera. Después de esto, empezaron a almacenarlo con dos objetivos: para guardarlo de cara al futuro y para que su calidad fuera creciendo con el tiempo.

 

El siglo XX: la innovación en las barricas de roble

Fue a partir de los años 80 del siglo XX cuando los Grand Cru Casèe del Medoc implantaron la fermentación y la crianza en barricas de roble nuevo, extendiéndose este método por el Libournais. Fue una de las primeras innovaciones en la crianza del vino, que a partir de entonces se utilizaría para tener vinos nuevos o vinos viejos dependiendo de la experiencia de cada bodega.

El material utilizado también ha ido cambiando con el tiempo. De esta forma, han cogido popularidad las barricas de roble francés y americano, que cada vez son más utilizadas por su increíble resistencia y por los aromas que aportan al vino. Con el paso del tiempo, se espera que se invierta en utilizar distintas maderas para descubrir las propiedades nuevas que puede incorporar al vino, mejorando su calidad de cara al público final.

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